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espacio de ROKR2No hay heroes. Todos estamos hechos de la misma pasta: una amalgama de mielda y gansitos marinela |
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Idiotas!! La vi desde el primer día que llegué a ese grotesco mazacote
rectangular de varilla, concreto y tabla roca al que llamamos edificio.
Noté, también, que con sospechosa frecuencia un grupo de adolescentes
revoloteaba en torno a ella como un puñado de moscas alrededor de un
mojón de mierda. No tardé mucho en descubrir porqué. Era una mujer de unos 30 años con parálisis cerebral que vivía en algún piso superior del edificio. No sabía exactamente en cuál. No me interesaba conocer los nombres ni los números de los departamentos de mis vecinos. Eso significaba iniciar una relación y yo no quería nada de eso. No quería que vinieran a mi casa a pedirme una taza de azúcar o a tomar un café y charlar de cuestiones como el aseo inadecuado de los pasillos. Ya conocía demasiadas personas en el mundo y entablar cualquier tipo de relación con otra me parecía obsceno y absolutamente innecesario. Además necesitaba de bastante soledad y silencio. Por eso prefería ahuyentarlos con actitudes soeces y descortesías. De cualquier forma a Angélica, La Idiota –así había oído que la llamaban- aquello no parecía importarle demasiado. Cuando me veía siempre se levantaba la falda. Se bajaba los calzones y se acariciaba torpemente el chocho mientras con su otra mano, temblorosa, me hacia señas de que me acercara. Era repugnante. Pero, como dije en un principio, a los adolescentes que vivían en ese edificio y los aledaños, les resultaba exactamente lo contrario. A todas horas venían a buscarla. La llamaban a gritos o le silbaban y se la llevaban con rumbo desconocido. Desde una ventana de mi departamento la veía alejarse con su andar torcido y penoso rodeada de su alborozada corte de acnéicos jovencitos. No era difícil imaginar que la conducirían a un terreno baldío o la meterían en un auto para hacerle todas las marranadas posibles. Era normal. Cuando se es adolescente cualquier cosa es preferible a matarse a pajas. Pero a mí sus insinuaciones me tenían sin cuidado. Incluso poco a poco me fui a acostumbrando y terminé divirtiéndome y bromeando con ella. ¿Dónde aprendiste eso, Angélica? –le decía cuando me mostraba las nalgas o me hacía gestos supuestamente excitantes- y ella me respondía tartamudeando y soltando un sutil hilo de baba por la comisura derecha de su boca “l-l-l-o-o v-v-i-i e-n-n u-n-n-a p-p-p-e-e-l-l-i-i-c-c-u-u-l-l-a-a”. No quería imaginarme quién o con qué objeto le ponían películas porno a una enferma mental. Sobre todo después de enterarme que un siniestro anciano con peste a vagabundo, que carraspeaba todo el tiempo y maldecía en voz alta era su padre. De ella y de otro hombre aproximadamente de su edad que padecía un grado de idiotismo más avanzado que el suyo. Y así pasó el tiempo. Los chicos cogiéndosela casi a diario; ella enseñándome la abundante mata rizada de su pepa y yo riéndome y evadiéndola. Hasta esa jodida noche. Yo había bebido desde el mediodía y a esas alturas serían las tres o cuatro de la mañana. Entré tambaleándome en el edificio e incapaz de atinar con la llave a la cerradura de mi departamento decidí dormir sentado en las escaleras. Pero entonces, como una visión del infierno, la vi entrar en mi campo visual, turbio y desenfocado. Se acercó a mí esbozando algo parecido a una sonrisa. Arrastraba los pies chuecos, las manos le temblaban más que de costumbre y una espesa cuerda de baba blanca le colgaba de los labios. “¿q-q-u-u-i-i-e-e-r-r-e-e-s-s q-q-u-u-e-e t-t-e-e l-l-a-a c-c-h-h-u-u-p-p-e-e?” me preguntó con su voz tartamuda. Pude decirle que no pero en vez de eso me saqué la verga, me la sacudí un poco para despertarla y se la ofrecí gorda y rozagante. En menos de un segundo, la idiota, ansiosa y voraz, se lanzó sobre ella. Estaba completamente borracho, sí, pero eso no significaba ninguna excusa. A la gente le gusta eximirse de responsabilidades culpando al alcohol cuando se liberan sus demonios. Yo he aprendido que en mi interior viven un par de diablos perversos y maliciosos a los que es difícil mantener a raya durante mucho tiempo. Y les gusta salir cuando hay drogas o alcohol de por medio. Pero los tres somos uno y el mismo. Así que la tomé de la nuca y empujé su cabeza contra mi cadera. Tristemente era una pésima mamadora. Obvio. Su sistema motriz era una desgracia. No tenía coordinación ni habilidades y era incapaz de tratar a mi pito como se merecía pero era demasiado tarde ya para simplemente dejarlo así. Había encendido los motores y era necesario despegar si quería de nuevo aterrizar sin problemas. En automático recordé que tenía agujeros y para desahogarme podía usarlos sin que hiciera falta que se moviera en absoluto. Me levanté, la puse de espaldas contra la pared y la embestí grotescamente sin ningún tipo de consideración. Así estuve durante unos tres minutos. Duro y dale. Duro y dale hasta que eyaculé abundantemente en su interior. Después me dejé caer en el escalón, con los pantalones en las rodillas y me di cuenta de la estupidez que había cometido al cogérmela sin condón y -para acabarla de chingar- venirme dentro de ella. Quizás había quedado embarazada y yo con una gonorrea de puta madre. De ser así habría que actuar de inmediato. De lo contrario a mí se me caería el pito y ella traería al mundo otro idiota. Como su padre. Como su madre. Eso seguro. Angélica, no mames –le dije- mañana vienes a despertarme temprano para darte una pastilla contraceptiva. Pensé que no iba a entender de qué le estaba hablando pero me respondió con esa horrible expresión de su cara: “s-s-o-o-y-y e-e-s-s-t-t-é-e-r-r-i-i-l. N-n-o-o t-t-e-e p-p-r-r-e-e-o-o-c-c-u-u-p-p-e-e-e-s-s p-p-o-o-r-r e-e-s-s-o-o”. Descansé. No era tan ruin como para engendrar otro imbécil más. Ya habemos demasiados. Sólo quedaba por resolver lo de alguna posible enfermedad venérea. Pero eso, en comparación, era lo de menos. INFLUENZA?.....si... como no!! En un principio nadie, salvo los afectados
directamente, le dieron importancia a la noticia: un número un poco más
elevado de lo común de enfermos de influenza no era para asustar a
nadie. Esa misma tarde le tuve que detener a una vecina del tercer piso
la puerta de entrada al edificio porque no podía abrirla pues llevaba
en brazos a su hija, una niña como de10 años. Me pareció ridículo.
Aquella chiquilla era demasiado grande para transportarla cargando pero
no dije nada. Por mí que la arrastrara o la jalara de los cabellos. De
cualquier forma noté, a pesar de que intenté evadir su mirada, un gesto
de profunda desesperación en su rostro. Nunca habíamos cruzado palabra.
De hecho ella y su familia me desagradaban absolutamente. Aún así la
mujer me dijo “joven, es que tiene más de 38 de fiebre y no se le baja
con nada”. No supe qué contestar más que un lacónico “llévela al
medico”. Y seguí mi camino. A la mañana siguiente, las noticias comenzaron a hablar de la posibilidad de una epidemia. Un contagio que amenazaba con volverse masivo de una influenza nueva a la que llamaban porcina provocada por un virus que había mutado en el organismo de los cerdos para de ahí para transmitirse a sus depredadores, los seres humanos. Tenía sentido: lo que han hecho los hombres con esos animales es una infamia. Basta encontrarte en la carretera con un camión de puercos para horrorizarte con su virulencia, sus chillidos lastimosos y esa peste maligna que los acompaña a donde van. Supongo que de alguna manera están intentando defenderse. De cualquier forma me importó un carajo. Las noticias son algo que ocurre únicamente en la televisión y los diarios. Sucesos, datos y cifras sin contacto con la realidad. Una variante, entre otras, de entretenimiento para la masa. En el trabajo, no obstante, la gente comenzaba a sentirse demasiado inquieta. Sobre todo después de que se dio a conocer un reporte oficial –empezaron a transmitirlos cada hora desde las siete de la mañana- en el cual se anunciaba la inimnencia de la epidemia y se daban algunas recomendaciones más bien pedestres para evitar el contagio. De cualquier forma al final del día, casi todos estaban irracionalmente aterrados. Evitaban a toda costa el contacto físico y miraban con reproche a quien se atreviera a estornudar. Ni siquiera me sorprendió: una de las verdades fundamentales de la vida es que siempre hay un peldaño más que descender en la escalera de la estupidez. Sólo tomé mis cosas, me escabullí sin despedirme de nadie, llegué a mi casa y me dormí de inmediato para olvidarme por unas horas del infierno de aquella oficina. Esa noche tuve un sueño perturbador. En él atacaba salvajemente a un bebé. Lo golpeaba una y otra vez, zarandéandolo, patéandolo con saña inexplicable, hasta matarlo. Al final podía ver su cuerpo molido y su pequeño rostro tumefacto mientras yo jadeaba empapado en sangre de pies a cabeza. Fue una mierda bastante real y estimulante. Nunca he leído a Freud pero sé que en algún lado habla de ciertas pulsiones latentes en todos los seres humanos como asesinar a su papi o cogerse a su mami. ¿En qué lugar encajará todo esto de matar a un bebé a madrazos? Lo importante es que desperté contento y optimista. Tal estado, desafortunadamente, desapareció ante la vista de una despensa y un refrigerador vacíos. Faltaban todavía tres diás para la quincena y mi dinero casi se había acabado. Tenía que conseguir prestado o serían días difíciles. Por lo pronto decidí, con el poco varo que me quedaba, pasar al supermercado para procurarme un desayuno decente. Pero en cuanto puse un pie en la calle me encontré con un espectáculo bastante singular, por llamarlo de alguna manera. Cientos de personas con tapabocas mirando desconfiadas a todas partes y alejándose las unas de las otras. ¿De verdad pensaban que ese ridículo pedazo de tela iba a protegerlos de un virus microscópico en caso de que éste estuviera flotando en el aire? En el supermercado las cosas no sólo no eran diferentes sino que llegaban a niveles absurdos. Filas de varias decenas de personas esperando ansiosamente ante las cajas con sus carritos desbordándose de artículos que iban desde leche y cereal hasta focos y tornillos varios; incluyendo desinfectantes de todos tipos y analgésicos baratos. Compras de pánico. Nunca había visto nada semejante. Si compraba algo tardaría horas en salir, así que me dirigí al área de salchichonería con la esperanza de encontrar algunos bocadillos que me mataran un poco el hambre. Y tuve suerte. A pesar del tumulto que pedía a gritos kilos de esto y lo otro encontré una charola llena de rollitos de jamón. Insólitamente intacta. Nadie los había tocado. Claro. El jamón era de cerdo. Me puse a devorarlos con parsimonia mientras miraba a esa extraña gente que me veía como si fuera un demente porque comía puerco y no llevaba tapabocas. Por un instante fantasée con llevar un rifle de asalto y disparar contra esa manada de cretinos. Entonces un anciano barrigón de unos 75 años que llevaba tiempo observándome, se me acercó y me espetó agresivamente con su voz vieja y cascada: “no seas inconsciente cabrón, tápate el hocico, aquí nadie quiere que le contagies tus virus”. No podía creer lo que acababa de decir aquel saco de mierda. Le gruñí como hacen los perros cuando alguien los molesta mientras se alimentan y el vejete, convencido de que en realidad estaba loco, se alejó lentamente bamboleándose y arrastrando los pies. Era patético. ¿Por qué no simplemente se quitaba el tapabocas y se moría de una vez? Me resultaba difícil comprender que a su edad tuviera tanto miedo de morir ¿acaso no estaba cansado de tanta mierda? Yo, francamente, espero tener la decencia de no vivir más de 55 años. Aunque nunca se sabe, claro. Terminé con el último bocadito de jamón y partí rumbo al trabajo. El metro presentaba un panorama idéntico. Aquí, incluso, había sujetos que llevaban mascaras antigases que les cubrían desde el mentón hasta la coronilla. No había remedio, la humanidad estaba condenada a desaparecer muy pronto, pensé convencido. Esa jornada trabajé sin interrupciones. Nadie se acercó a preguntar nada ni a comentar sobre las nalgas o las tetas de las recepcionistas, lo cual me complació sobremanera. De cuando en cuando alguien comentaba alarmado que la OMS había subido la alerta sanitaria a una fase superior y unos minutos después otro afirmaba que la habían bajado. Y así transcurrió el día. Por la noche, cuando estaba a punto de irme, uno de los jefes vino a mi cubículo y me pidió un trabajo en calidad de urgente: había que inventar una docena de frases para la campaña publicitaria de un desodorante juvenil. Esa maldita costumbre tenían los jefes. Pedirte las cosas cuando estabas a punto de largarte de la puta oficina. Me tomaría dos o tres horas más pero no había salida. Sin mirarlo, le dije, señalando mi escritorio, “deja ahí la info. Enseguida lo hago”. Aventó el folder y se alejó pisando con fuerza exagerada. A ninguno de mis superiores les simpatizo. No lamo sus botas ni les tengo miedo pero resuelvo problemas. Funciona bien para ambas partes así que por lo general me dejan tranquilo. Dos horas y media después había escrito las frases que se repetirían hasta la nausea en radio, televisión y medios escritos. Todas tenían que ver con ser cool y tener la actitud correcta para que las mujeres se rindieran a tus pies. Aunque hubiera preferido escribir algo así como “los sobacos te apestan porque eres un animal. No lo olvides. Aunque te perfumes hasta el culo seguirás siendo un animal. El peor de todos”. Ahora necesitaba un trago y me fui directamente a un pub de esos con ínfulas de irlandeses que se han puesto tan de moda en la ciudad. Para mi sorpresa el lugar estaba casi vacío. Unas tres o cuatro personas nada más. Me decepcionaron los borrachos habituales. No tenían miedo de reventarse el hígado bebiendo litros de cerveza a diario pero ahora se encerraban como ratas en sus madrigueras por miedo a un pequeño virus. Pero eso no era lo peor. Los meseros, los cantineros y hasta los guarros de seguridad llevaban cubrebocas y guantes de latex. Así no se puede vivir. Pedí un whisky en las rocas y me lo bebí de tres tragos. Pagué y dejé atrás a esos maricas. Subí al autobus que me llevaría hasta mi casa en los suburbios y esta vez lo que vi sí no me lo podía creer. El chofer y su ayudante -o cacharpo en su jerga miserable-, dignos representantes de su gremio de estúpidos, ejemplo rotundo de la involución de las especies, llevaban también un tapabocas cubriéndoles sus apestosos hocicos. Imbéciles. Vivían peor que cerdos: se sacaban los mocos con los dedos, escupían en la calle, tiraban basura, miaban en botellas de plástico para luego lanzarlas a las avenidas y ahora se hacían los muy asépticos tratando de preservar sus lamentables vidas como si valieran un carajo. Si estuviera en mis manos no dudaría ni un segundo en despanzurrarlos contra el suelo como si fueran cucarachas. Pero eso no era todo. Unos kilometros más adelante, a la altura de Satélite, vi a las cuatro o cinco putas exuberantes que se prostituyen a un lado del Periférico. Estaban ahí, al pie del cañón, con sus microfaldas y sus tops ajustadísimos, riendo y provocando a los pocos automovilistas que circulaban a esa hora. Como de costumbre se levantaban las falditas para enseñar las nalgas o se agachaban al tiempo que se apretujaban las tetas con los brazos. Me caían bien aquellas putas. Eran simpáticas y lo bastante vulgares como para hacerme pensar en más de una ocasión en contratar sus servicios. Pero algo no andaba del todo bien. Tenían puesto un tapabocas. Sí. Ellas que se jugaban la vida todos los días abriendo las piernas para quién sabe qué asquerosos patanes. Ellas que se hablaban de tú con la ruleta rusa, habían sucumbido también a ese pánico irracional generado desde un estudio de televisión. ¿Acaso ahora en vez de pedirle a los clientes que usaran condón les pedirían que llevaran tapabocas? ¿cómo pensaban mamar? ¿cómo gritar cochinadas? Más que descabellada aquella idea me pareció tristísima y me fui a dormir molesto y apesadumbrado. El siguiente día fue peor. La gente parecía haber enloquecido por completo. Apenas notaban que alguien tenía un poco enrojecidos los ojos y ya querían ponerlo en cuarentena. No se diga si les dolía la cabeza o presentaban molestias comúnmente asociadas a la fiebre. El gobierno de la ciudad decretó el cierre de restaurantes, bares, cines y centros comerciales y canceló todo tipo de espectáculos masivos. Incluso había noticias ya de que algunos gobiernos de otros países había cancelado vuelos y navegaciones con destino a México. A medio día citaron a todo el personal de la agencia a junta para avisarnos que se suspendían las labores hasta nuevo aviso; lo cual podría ser en cinco días o quién sabe cuándo carajos. Todo dependía, según ellos, de cómo evolucionara la epidemia. Mis compañeros se precipitaron hacia la salida. Tenían prisa por llegar a sus agujeros y esconder la cabeza junto con toda su familia hasta que hubiera desaparecido el malvado virus. Yo me lo tomé con calma. Ni tenía miedo ni me esperaba nadie así que aproveché para resolver algunos pendientes que reclamaban atención desde hacía tiempo y de paso averiguar qué decía la gente en internet acerca de lo que estaba pasando. Encontré varias explicaciones y cuestionamientos en su mayoría diametralmente opuestas a las versiones “oficiales”. Unas afirmaban que se trataba de una cortina de humo del gobierno tendida para esconder acciones perversas y otras aventuraban que se trataba de un complot instrumentado por una poderosa y ancestral organización llamada los Illuminati con el fin de dominar el mundo. O algo así. Nada nuevo. Había escuchado cosas parecidas, con apenas algunas variantes, durante toda mi vida. Después me puse a ver pornografía y videos de futbol. Me gusta hacer eso. Hacerle creer a mis jefes que trabajo arduamente cuando en realidad no estoy haciendo nada productivo para la empresa. Puedo hacerlo durante días e incluso durante una semana entera. Mi record son siete días completos. Pero planeo intentar romperlo muy pronto. Así entre culos, tetas, mamadas, cogidas y los mejores goles de Hugo Sánchez me dieron las 11 de la noche. En Reforma y Campos Eliseos me bajé del taxi que debí esperar más de 40 minutos, para hacer el enroque con el autobús que me llevara hasta mi departamento. Pero aquello parecía una ciudad desierta. Un inmenso mamut de acero y concreto que se hubiera sacudido con violencia para deshacerse de sus millones de pulgas. Ningún auto circulaba por la vieja avenida. Los bares, vacíos y a oscuras, daban la impresión de ser burdeles en ruinas. Sólo tres trabajadores metidos en unos trajes blancos que los cubrían de pies a cabeza, con un pequeño visor a la altura de los ojos, deambulaban por ahí moviéndose lentamente, como fantasmas, en la oscuridad. No podría decir exactamente qué estaban haciendo pero a intervalos lanzaban un líquido de unas mangueras conectadas a las mochilas que llevaban a cuestas, en el camellón y las calles aledañas. Tal vez estaban desinfectando. O una mierda similar. Los observé con atención durante los 20 minutos más que me vi obligado a esperar antes de que apareciera el camión. Era una visión ciertamente extraña y pensé que al mundo le caería muy bien que desaparecieran unos cuantos millones de seres humanos. Antes de llegar a mi casa pasé a una tienda que abre de manera permanente y me gasté el dinero que había pedido prestado la tarde anterior en whisky y cervezas. Si no iba a poder salir demasiado lo mejor sería estar bien acompañado. No recuerdo con exactitud qué ocurrió en los días subsecuentes. Acaso ciertas visitas femeninas, algo de cocaína, unos cuantos orgasmos y una despedida poco amable. El caso es que una semana después, así como llegó, la epidemia desapareció. La televisión decretó el fin de la contigencia sanitaria y las cosas volvieron a su normalidad. Para casi todos. Porque el día que regresé al trabajo, al salir del departamento, me topé con el cortejo fúnebre de mi vecinita del tercer piso. Todos llevaban tapabocas y aunque juro que intenté evitarlo alcancé a escuchar los comentarios de un trío de adolescentes que pasaron a mi lado y entre risitas ahogadas se decían uno al otro: “chale, entonces lo de la influencia no era mamada, güey”. RADIOHEAD EN MÉXICO, TODO ESTÁ EN EL LUGAR CORRECTO Existen días perfectos en la vida. Días en lo que todo está en el lugar
correcto. Días en los que tomas el Tren Suburbano, ese tren tan similar
a los trenes barceloneses, y te sorprendes de la impecabilidad de su
estado y de su insólita rapidez. Menos de 20 minutos de La Quebrada en
Cuautitlán Izcalli a Buenavista en Ciudad de México. Después abordas el
metro que avanza sin interrupciones, con eficiencia sospechosa, y tras
varios trasbordos en donde la gente que tropezaba contigo se disculpaba
educadamente y te hacía preguntarte si no estarías soñando, llegas sin
contratiempos al Foro Sol. Un recinto inmenso en donde luego de cumplir
con los trámites de la acreditación te acomodas en tu lugar, ya armado
con una caguama, que te ayuda a deshacerte de la cruda y ponerte a tono
para lo que estás a punto de presenciar, y no tienes que esperar ni 10
minutos porque en el magnífico escenario que han montado para la
ocasión aparecen cuatro sujetos vestidos completamente de negro frente
a otros tantos pedestales, coronados por laptops, quienes justo a la
hora indicada en el boleto –las ocho de la noche- comienzan a desgranar
sonidos fascinantes generados desde las entrañas cibenéticas de sus
ordenadores. Un regalo maravilloso para los afortunados que llegamos
puntuales y desde las primeras notas de Machine man, acompañadas por
esas imágenes que parecen generadas por una inteligencia más propia de
máquinas que de seres humanos las cuales han caracterizado a Kraftwerk
durante sus 30 años de carrera y han influenciado a tantas y tantas
bandas al paso de las décadas, supimos que estábamos frente a algo que
va a ser recordado durante mucho mucho tiempo. Porque los alemanes
encabezados esta vez por sólo uno de sus integrantes originales, Ralf
Hütter, son una bandototota. Más importante tal vez que los propios
Radiohead cuyo cerebro, Thom Yorke, había declarado incluso que tal vez
ellos debían telonearle a Kraftwerk y no al revés. Una hora aproximada de fusión hombre-máquina, de sonidos de envolvente y helada sensibilidad, de música para después del apocalipsis segmentada en títulos como Computer World, Autobahn, The Model, Showroom dummies, Radioactivity, Trans Europe Express, Boing Boom Chak y un final inmejorable con The Robots, en donde los cuatro fueron sustituidos por autómatas, fue suficiente para tomar conciencia de que la epoca que ellos habían anticipado hace tantos años estaba aquí, y había que agradecerles por permitirnos ser parte de esas visiones por fin vueltas realidad. En el intermedio bajas a comprar más cerveza, cuyo precio de atraco no consigue quitarte la sonrisa de la cara y te mensajeas con Yad quien te dice que no puede controlar la ansiedad de ver de una vez por todas en el escenario a los de Oxford y le das un trago generoso a tu deliciosa chela y le contestas que no desespere que ya falta muy poco. Entonces regresas a tu lugar y te diviertes mirando a la gente que hace una ola que recorre todo el Foro una y otra vez. Y hasta ese momento reparas en que es una noche cálida y amable a la que tal vez sólo le hagan falta unas cuantas estrellas en el firmamento para ser más bella aún. Entonces, aproximadamente a las 9:33, aparecen en el escenario Thom Yorke, Phil Selway, Edward O..Brien y los hermanos Jon y Colin Greenwood, los mismos 5 sujetos que hace 15 años tocaran en aquel antro de satánico nombre y tantos recuerdos de excesos placenteros todos relacionados con mujeres y botellas de cerveza, ante una centena de borrachos que no paraban de atosigarlos gritándoles !creep, creep, creep! Pero esta vez es diferente. Aquellos borrachos quizá hoy estén sentados en alguna oficina miserable o detrás del volante de un taxi y estos cinco han crecido hasta convertirse en una de las bandas de rock and roll más grandes de la actualidad. Y cuando escuchas los primeros acordes de 15 steps, canción con la que también abre el In Rainbows, su disco más reciente, ése que podías bajar de la red a cambio del importe que tú mismo consideraras justo, sientes que te emocionas como hace mucho no te emocionabas porque no estás frente a una banda que se reencontraba para “complacer a sus fans” sino ante un grupo de artistas en plenitud, un quinteto de músicos quizá en la cúspide de su potencial creativo e interpretativo cuya obra ha sido parte fundamental del soundtrack de los últimos 15 años de tu vida. Enseguida suena Airbag, del OK Computer y después There There del Hail to the thief. Se escuchan poderosas, nítidas, con un sonido que raya en la perfección y aleja tus miedos y tus prejuicios de que los Cabeza de radio son una banda para escucharse en la intimidad y no en una promiscuidad de miles de individuos. Hoy 55 mil según datos oficiales. Posteriormente, las bellísimas All I need, Nude y Arppeggi, se eslabonan llenando de gozo tu espíritu y casi puedes sentir que toda la Ciudad de México se estremece contigo en un primer éxtasis de placer y belleza. Después vienen The gloamimg, National Anthem y otras maravillas que vuelven nimio tu irritado asombro de los días pasados ante el fanatismo estúpido de unas docenas de individuos que pernoctaron afuera del Foro para conseguir los “mejores lugares”. Una banda que critica la alienación de la vida moderna siendo objeto de fanatismos semejantes. Lo mismo de siempre. Pero eso por el momento ya no tiene importancia porque el bombo y los platillos de Phil Selway anuncian el principio de la extraordinaria Idioteque, una de tus preferidas la cual va in crescendo hasta convertirse en un hermoso caos de bailes frenéticos, voces evocadoras y desesperadas, y percusiones exactas y graves. Otro orgasmo. Inmediatamente un bajón perfecto con Fake plastic threes. Belleza pura, real. Y por un momento piensas que después de hoy todo lo falso se desmoronará para dar paso a la verdad auténtica. Pero enseguida le das un largo trago a tu cuarta caguama y te ries de lo utópico y arrebatado de tus pensamientos. Aunque sigues convencido de que sólo el arte sería capaz de salvar a esta sociedad de ella misma. Pero eso no era todo. Aun faltaba la última corrida de esa noche multiorgásmica que vino apenas unos ocho minutos después con la legendaria Paranoid android esa épica sonora cuya mezcla de voz meláncolica y guitarras frenéticas y distorsionadas te llevan junto con los otros miles de asistentes a algún lugar en tu mente semejante al paroxismo del cual desciendes únicamente porque faltan seis dosis más de caricias para tus oídos: House of cards, My iron lung, Street spirit, Pyramid song, Just y Everything its in a right place. Entonces las docenas de tubos que colgaban suspendidos sobre el escenario, leds deslumbrantes que iban del verde al azul, del rojo al gris, se apagan y bajas de las gradas como si fueran nubes en vez de concreto lo que vas pisando. Y en la explanada ves a un tipo que vomita a chorros y estás seguro –no te cabe ninguna duda- de que no es cerveza, sino estrellas, lo que el tipo expulsa a borbotones de su cuerpo. Everything its in a right place. Te esperan unos brazos, unos labios y la incandescencia de un cuerpo y un alma que amas con todas las células de tu cuerpo. Hoy todo está en el lugar correcto. Por hoy ¿a quién le importa el mañana? a si, soy. “No tengo Dios, no tengo rey / mi madre nunca usó anillo / No tengo
choza o lugar donde morir / No doy besos, no tengo amante / Durante
tres días mastiqué mi pulgar / por falta de un mendrugo de pan / Aunque
tengo veinte años y soy fuerte y sano / mis veinte años están en venta
/ Si nadie quiere comprarlos / el demonio tiene derecho a hacer una
oferta / Entonces, con mi sentido común en uso, / robaré y mataré
inocentemente / Hasta que me cuelguen alto de una cuerda/ y yazga en la
bendita tierra… / y crezcan venenosas hierbas / desde mi corazón
sencillo y puro” CRISTINANo era especialmente divertida pero tenía cierta gracia y hacía muecas chistosas. Bebimos vino y cerveza. Y masticamos trocitos de queso Despues de unas cuantas horas nos fuimos a la cama. Era muy puta. Tenia unas tetas enormes y un coño goloso y bien entrenado. Hicimos bastantes marranadas pero yo no estaba de muy buen humor que digamos. Despues de 4 orgasmos mi verga no quería saber más nada. Pero ella seguía dándole lengua y tironéandola. Aquello comenzaba a ser fastidioso. Así que la ataqué metiéndole tres dedos en la vagina mientras los dos sobrantes le acariciaban enérgicos el clítoris. Se vino dos, tres veces más, entre grititos y espasmos. Pensé que por fin me dejaría tranquilo pero la estúpida me pidió en tono imperativo, como si le estuviera pidiendo a uno de sus alumnos resolver una ecuación, que la abrazara. "Será mejor que te vayas", le dije. "¿Ahora mismo?" me preguntó juguetona e incrédula. Y somnolienta. "Sí, justo ahora". Me levanté, cogí el teléfono y pedí un taxi. En 10 minutos estábamos afuera espérandolo. Era una mañana gris, tristona. Alguien había tenido la ocurrencia de apilar bolsas de basura en la calle y una rata gorda como conejo se disputaba los desperdicios con una pareja de perros famélicos. Cuando el auto se alejaba, agitó su mano en señal de despedida. Regresé a la cama, me metí de nuevo bajo las sabanas y respiré tranquilo. No quiero una esposa. No quiero hijos. Ni siquiera una mascota. Para otra ocasión recuérdenme contratar a una puta. En el periódico hay una que me llama la atención. "Hermosa hija de familia. Pompudita. 18 años. Iniciándome." dice el anuncio. No hace falta checar el teléfono. Me lo he aprendido de memoria. por favor deja tu comentario nah, me da igual.....
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